Trabajo presentado en el 50 Congreso de la International Pssychoanallytical Association. Buenos Aires, Julio de 2017
Raúl Fernández Vilanova Psicoanálisis y Psicoterapia www.fernandezvilanova.com
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Cinco hipótesis sobre la organización del psiquismo, la complejidad y la creatividad humana

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Intimidad y pulsión posesiva

 

En mi trabajo clínico se acumulan evidencias sobre la importancia de los impulsos y sentimientos posesivos en las relaciones entre las personas. Pero además, la posesividad tiene un papel central en todos los ordenes de la vida humana y de la naturaleza animada. Aunque en este trabajo me refiero sobre todo a la posesividad en las relaciones amorosas y sexuales, tanto hétero como homosexuales, tanto en la realidad como en la fantasía.

 

La posesividad está tan presente que no se nota, como pasa con el oxígeno del aire o con la fuerza de gravedad. O mejor, la posesividad sólo se nota cuando falta, o cuando es excesiva. Pero a la vez, los intercambios posesivos forman el núcleo de lo que llamamos intimidad en las relaciones.

 

Las evidencias clínicas que menciono me muestran que la pulsión es siempre posesiva, tanto en el plano sexual como en el emocional y en el intelectual. En el plano genital la posesividad se consuma como penetración posesiva, o como incorporación posesiva, como incorporación en el propio cuerpo.

 

Esas evidencias me han llevado también a pensar en el modo en que la pulsión posesiva está presente en la organización de la mente, en el funcionamiento de la sexualidad y en la psicopatología.

 

Posesividad, psiquismo y sexualidad

El niño recién nacido inicia la formación de su psiquismo mediante interpretaciones que no son conscientes ni simbólicas, porque todavía no tiene una mente. Esas interpretaciones van diferenciando lo placentero de lo no placentero, lo bueno de lo malo para él, lo que existe en la realidad de lo que es imaginario. Mediante esas interpretaciones el niño toma posesión de la realidad. En el estado inicial de la vida, las interpretaciones no se hacen con símbolos, sino con actos emocionales y físicos. El niño actúa sobre la realidad para conseguir cosas, y ese trabajo desemboca en la construcción de su mente, que a su vez enriquece su acción sobre la realidad.

 

Las interpretaciones de la realidad que hace el niño desde el nacimiento, le llevan a incorporar unas cosas y rechazar otras. En la alternancia de la actividad de incorporar y rechazar está la matriz subjetiva de lo posesivo. En todo caso, incorporación y rechazo son las operaciones que le permiten diferenciar lo que es parte del Yo de lo que es no Yo. De esa manera se produce el reconocimiento del otro como algo separado del Yo, y se sientan las bases de la relación con el otro. Pero esta relación entre el Yo y el otro nunca es simétrica. Lo que ocurre en general es que los miembros de la relación ocupan posiciones complementarias que pueden intercambiar”. La idea freudiana de una oposición activo/pasivo tiene que ver con esto. La noción de activo está asociada a poseer/dominar/penetrar, y la de pasivo a ser poseído/ser dominado/ser penetrado. Clásicamente se han relacionado estas dos posiciones con la diferencia anatómica de los sexos.

 

Freud pensaba que la diferencia sexual anatómica real entre hombres y mujeres se representa en el psiquismo de una manera cuasi alucinatoria como seres con pene y seres sin pene, o sea castrados. Una parte de los psicoanalistas ha mantenido sin cambios esta idea, que lleva a que la vulva/vagina sea tratada en los hechos como un no genital, como un genital negativo.

 

Esta idea no resuelve ciertos problemas. Nadie duda que el pene es el órgano con el que se consuma la posesión sexual activa. Pero al presentar el genital femenino como una “falta”, se desatiende el hecho que la vulva/vagina es el órgano de la posesión sexual pasiva. Ambos órganos (y no solo el pene) cuentan por ese motivo con una fuerte carga libidinal. Eso se observa sin dificultad en el disfrute del exhibicionismo genital femenino, donde no se exhibe la “falta”, sino el órgano de la posesión pasiva.

 

De este modo lo que llamamos libido, o sea, la energía sexual que empuja hacia el objeto, está presente en ambos sexos. Lo que llamamos libido es lo que convierte al objeto en meta de la pulsión posesiva. “Investir un objeto” no es otra cosa que convertir ese objeto en algo a poseer.

 

Tal vez muchas estériles discusiones y acusaciones de falocentrismo que se han dirigido al psicoanálisis se hubiesen evitado admitiendo que la libido, o sea la energía de la pulsión sexual, apunta necesariamente a la posesión del objeto. Y la posesión del objeto se hace bajo una modalidad masculina de penetración, “agresión”, invasión, o se hace de manera femenina, mediante la “invaginación” del objeto, mediante su incorporación. Los términos complementarias “activo” y “pasivo” designan las dos modalidades prototípicas de la posesión.

 

Aunque Freud nunca abandonó la idea que la libido era masculina, en su trabajo sobre La feminidad dice que “La célula sexual masculina es activamente móvil; busca a la femenina y ésta, el óvulo, es inmóvil, pasivamente expectante. Esta conducta de los organismos elementales sexuales es, incluso, el prototipo de la conducta de los individuos sexuales en el comercio sexual”. Dicho así estoy de acuerdo con Freud. Estar “pasivamente expectante” es algo muy distinto que estar inerte o indiferente. Es tan expectante el óvulo como la mujer –o el homosexual pasivo- cuando anhelan la penetración.

 

La analogía con la posición exptante del óvulo es una buena representación de la pulsión posesiva femenina. En efecto, la experiencia enseña que la tensión libidinal de quien anhela poseer al objeto penetrándolo, se complementa con la tensión libidinal de quién anhela poseer al objeto incorporándolo en el propio cuerpo. De lo que se desprende que la libido, como energía de una pulsión sexual siempre posesiva, es tanto masculina como femenina, o mejor, es tanto activa como pasiva.

 

Pensarlo así tiene consecuencias conceptuales. Por ejemplo respecto de las representaciones de la diferencia de los sexos como una polaridad falo/castración. Por lo pronto, pienso que esas representaciones podrían ser fantasmas, alucinaciones, ecuaciones simbólicas o metáforas realistas, que proceden de experiencias relacionadas con el interjuego de la pulsión de posesión activa y pasiva.

 

Podría ser entonces que tengamos que revisar nuestra interpretación de los fenómenos que han inspirado las ideas de complejo y angustia de castración. Podría ser que en la dinámica y en la intimidad de la relación materno filial, haya aspectos angustiosos que se derivan del inter juego de la posesividad recíproca. Sabemos de la reacción de un niño pequeño cuando se le dice “tu madre es mía”; Sabemos también del tipo de sentimientos posesivos que se activan en la joven madre respecto de su hijo/hija. No son raras fantasías de robo o apropiación del bebé por parte sobre todo de su propia madre y/o suegra.

 

Pero, ¿qué sucede si esta madre queda fijada a esa forma del vínculo, y no acepta el desprendimiento que va demandando el niño?. ¿Cómo vive el hijo el quedar constreñido en un vínculo inmutable con la madre? Incluso en la relación más normal, ¿no hay en esa relación suficientes peripecias triangulares como para que el niño viva posesiones, desposesiones, exclusiones, abandonos, triunfos y fracasos que le producen angustia, pena, tristeza, depresión, euforia y odio? Pienso que no es necesario “genitalizar” la representación de los impulsos y sentimientos posesivos del niño y de la madre.

 

Se que la noción de castración (que por cierto, ahora se usa para muchas más cosas de las que eran aceptables para Freud) tiene el atractivo del ¡Eureka!, ¡Era eso!. Es un atractivo mucho mayor para nuestro intelecto, que dejar flotar la idea de una angustia que procede de los mil pliegues de un interjuego posesivo imposible de describir. Un interjuego posesivo que a veces se eterniza en el vínculo de madres con hijos e hijas largamente adultos, en el que ya ha tomado un carácter atroz.

 

Las ansiedades fusionales mortíferas podrían ser las  que alejan al niño de la madre, cuando la madre se lo permite. Por supuesto que a posteriori, si uno parte de preconceptos, la huida de la madre puede ser interpretada como una separación a la que el niño ha sido forzado con prohibiciones, castigos y amenazas. Y de ese modo el suceso queda simplificado mediante la representación genitalizada de la castración. Esta representación genitalizada podría estar encubriendo angustias fusionales primitivas, verdaderas causantes de la separación, que tienen una sólida base psico biológica, como son los miedos a la aniquilación fusional. Cuando al niño se le impide el necesario alejamiento de la madre, es cuando esa angustia fusional se incrementa sin límites, y se convierte en identificación con el objeto fóbico materno. Esta podría ser una versión de la identificación con el agresor descrita por S. Ferenzi y M. Klein.

 

Creo que poner en relación las angustias infantiles con la idea de castración, puede haber sido  un resultado imaginario del difícil encaje de la pulsión posesiva activa con la pulsión posesiva pasiva en el seno del complejo de Edipo. Pienso el Edipo como una trama de deseos activos y pasivos en conflicto. Una encrucijada de deseos en la que hay el transito de lo pasivo a lo activo. En su momento pudo parecer necesario dar relieve al acontecimiento fantasmático de la castración y atribuirle aquellas transformaciones.

 

La variación que propongo en la forma de representar y entender la diferencia psíquica de los sexos, que relaciona lo masculino con lo posesivo activo (y no sólo con la presencia del pene) y lo femenino con lo posesivo pasivo (y no con la falta de pene), permite aproximarnos de una manera más matizada y sutil al complejo mundo de la intimidad sexual humana.

 

Esta idea nos ayuda a ver que el hombre y el homosexual activo gozan poseyendo activamente al objeto, penetrándolo y “dominándolo”, y gozan del sentimiento, muchas veces verbalizado, de poseer al otro. Pero gozan también mediante la identificación inconsciente con la pasividad del pasivo. “Debe ser muy agradable ser la mujer en el momento del coito”, escribió el Dr. Schreber con su parte más neurótica.

 

A su vez, la mujer y el homosexual pasivo gozan de ser poseídos. Ambos pueden gozar, de “sentirse del otro”, de “saberse del otro” y hasta de expresar con palabras ese deseo/sentimiento. A la vez, gozan por identificación inconsciente con el “agresor”, con aquel que les penetra y posee. Así, gozar de “ser del otro” es gozar triplemente. El pasivo goza de poseer al activo incorporándolo en su cuerpo. Además, goza de sentirse objeto de un deseo activo. Y goza también de sentirse dueño del deseo posesivo del activo.

 

O sea que ‘pasividad’ y ‘actividad’ no son posiciones excluyentes. La noción de bisexualidad psíquica consiste precisamente en un entrelazamiento de ambas posiciones. Algo que está presente en los actos masturbatorios de hombres y mujeres, y en las fantasías que los acompañan, que representan muchas veces el intento de unir formas de disfrute activas y pasivas.

 

Un estudio de experiencias de relación que sus protagonistas consideran íntimas, podría revelar que la intimidad consiste en una transitoria disminución de las barreras defensivas, dando lugar a momentos de posesión y entrega recíprocos, que pueden tener el coito satisfactorio –y no sólo el orgasmo compartido- como paradigma físico. Pero hay formas de intimidad mucho menos físicas en las que se puede observar un estado activo/pasivo emocional. En todas estas formas de intimidad se encuentra el deseo como el afecto -o sentimiento, emoción, tensión subjetiva o estado- propio de la pulsión posesiva, activa o pasiva, física o emocional.

 

La acción de los deseos posesivos de uno y otro signo juegan un papel decisivo en toda relación sexual, incluso en su aspecto tierno. No podamos hacernos una idea sobre la intimidad de la pareja sexual sin contar con los modos sutiles en que su vínculo es modulado por los deseos posesivos. Pero esos resultados del deseo son tan innumerables y aparecen tan entretejidos, que ninguna explicación puede reflejar todos sus matices. La complejidad de los vínculos libidinales se resiste a las interpretaciones simples.

 

Formas clásicas de la pulsión posesiva en la patología.

Aunque no sería fácil, tendría interés explorar el modo en que los sujetos se sitúan respecto de su bisexualidad psíquica y su posesividad en los diferentes desarrollos psicopatológicos. Simplificando mucho, los trastornos mas clásicos podrían distribuirse entre aquellos en los que la posesividad falta, sobra o se desvía.

 

Es fácil ver que el disfrute de la posesividad activa y pasiva está impedido en las clásicas inhibiciones neuróticas de la sexualidad, que han sido asociadas a la histeria: la impotencia en el hombre y la frigidez en la mujer. Ambos padecimientos tienen en común la desaparición del deseo físico, o sea, la inhibición de la pulsión posesiva en el plano genital.

 

El propio Freud trató de explicar la etiología de ciertos trastornos del “Hombre de los lobos” relacionándolos con un ‘coito a tergo` supuestamente observado a sus padres en la infancia, que le habría despertado gran excitación e intensos deseos activos y pasivos, de dominación y sometimiento. Y en relación con esto, conviene volver sobre la erogeneidad anal de los obsesivos. ¿Se trata de erogeneidad anal? Tal vez sería mejor hablar de un erotismo pasivo, reprimido con recursos obsesivos, donde el ano/recto son para el hombre el órgano con el que se consuma.

 

En un sentido opuesto a la inhibición, el disfrute de la posesividad activa y pasiva está exacerbado en las perversiones sádica y masoquista, aunque vale para ambas la dialéctica posesiva que describo mas arriba. La pareja sadomasoquista disfruta de la intensidad incrementada de la entrega y la posesión. El dolor inferido, o el dolor sufrido y aceptado, no es atractivo en si mismo, esto es importante, sino un signo valioso de la posesión.

 

No lo puedo argumentar aquí, pero cabe pensar que la posesividad, como escenario común de las relaciones intimas, desaparece en las psicosis, o toma formas bizarras: delirios esquizoparanoides de ser influido o poseído, obsesión esquizofrénica por dominar el origen y el sentido de las palabras y las cosas, celos delirantes, etc.

 

 La clínica psicoanalítica es un extraordinario observatorio sobre la mente y la naturaleza humana. En parte es así es porque nos ofrece un panorama simplificado: las regulaciones espontáneas de la complejidad psíquica han colapsado,  y la patología ha borrado las sutilezas de los intercambios. Así, la clínica es un papel donde se escribe con trazos gruesos, y por lo tanto más fáciles de leer.

 

Por razones de confidencialidad omito aquí la comunicación clínica que ilustraría estas ideas de la mejor manera. La frase que titula este trabajo fue tomada de ese material.

 

                                                                      Raúl Fernández Vilanova

                                                              Buenos Aires, 27 de Julio de 2017

 

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