Raúl Fernández Vilanova Psicoanálisis y Psicoterapia www.fernandezvilanova.com
Raúl Fernández VilanovaPsicoanálisis y Psicoterapiawww.fernandezvilanova.com

www.fernandezvilanova.com
Calle Félix Boix 14
28036 Madrid

Teléfono: 913458844

 E-mail: fernandezvilanova@gmail.com

Temas de actualidad

Artículo sobre las dificultades de la adopción

 

Artículo sobre el aborto

Ensayos de semiótica y psicoanálisis

Cinco hipótesis sobre la organización del psiquismo, la complejidad y la creatividad humana

  

Cinco hipótesis sobre la organización del psiquismo, la complejidad y la creatividad humana

                                                                                               

Comienzo haciendo una aclaración, para evitar malentendidos. Voy a usar con frecuencia los términos interpretación, interpretar, etc., entendiéndolos como el acto de poner en relación dos ideas, o de relacionar un enunciado con un objeto, o con una escena. Mas coloquialmente aún, interpretar es establecer un sentido, descifrar un enigma, entender las reglas que subyacen a un fenómeno, sea éste un partido de futbol, un mensaje amoroso, cierto suceso económico o una producción mental. Es lo que hace Freud en la Interpretación de los Sueños, cuando relaciona signos oníricos con supuestos deseos inconscientes. No establece significados fijos del sueño, sino significados que dependen de multitud de aspectos y sucesos de la vida del soñante.


 No me ocuparé aquí del sentido más usual entre psicoanalistas del término “interpretación”, que consiste en transmitir al paciente, en cierto momento de la sesión, lo que creen haber entendido. No obstante quiero apuntar que en esta acepción de la palabra, queda difuminado el hecho de que la “interpretación” ofrecida al paciente es en realidad la comunicación de una interpretación surgida previamente en la mente del analista, de un modo consciente o no (R. Fernández Vilanova, 2004).

 

Naturaleza y cultura

Hecha la aclaración anterior, quiero decir que abordaré el tema desde dos enfoques complementarios. El primero consiste en una pequeña intervención en la polémica siempre renovada entre genetistas y ambientalistas sobre el papel de los genes y la cultura en la hominización. Afortunadamente hace ya mucho que sabemos que un niño criado fuera del ambiente humano no llega a humanizarse, lo cual demuestra que no bastan los genes, y que un simio superior criado en el ambiente humano tampoco llega a humanizarse, lo cual enseña que no basta con la cultura. Me alegro que Freud no cayera en esas tentaciones extremistas, como lo prueba el modo en que presentó uno de sus conceptos fundamentales: “La pulsión es un concepto límite entre lo psíquico y lo somático”, “un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo” (S. Freud, 1915). Aunque también es cierto que por muy próximo a Freud que uno se sienta, hay que reconocer que eso de “concepto límite entre lo psíquico y lo somático”, y lo del “interior del cuerpo” no es muy preciso. Pero al menos queda aceptado que “lo somático” participa en la hominización, junto con lo que viene del ambiente, que fue resaltado más tarde por Winnicott.

 

Se entiende que Freud hablara de esa manera vaga de “lo somático” y del “interior del cuerpo”, en un momento en que la genética apenas contaba con dos o tres años de existencia. Las precisiones las hicieron los discípulos de Darwin, a quién Freud admiraba tanto. Uno de ellos, el etólogo evolucionista Richard Dawkins, fue quien creó cierta inquietante definición del soma de los seres vivos: “los seres vivos somos máquinas de supervivencia de los genes” (R. Dawkins, 1976). Sostiene Dawkins que la meta del gen no es otra que la de duplicarse engendrando réplicas suyas, a partir del caldo primigenio en que se habría originado la vida. En ese largo camino, las formas que sobrevivieron tuvieron que complejizarse para adaptarse al nuevo medio, y otro tanto debió ocurrir ante cada uno de los cambios que siguieron. Tal proceso de complejización estuvo a cargo de los genes, y no porque sean bichitos inteligentes capaces de proponerse metas, que no lo son. Lo que probablemente ocurrió es que a favor de su actividad duplicadora, se inició un número inimaginable de  procesos de asociación de genes para afrontar la complejidad del medio. Es seguro que la inmensa mayoría de esos procesos terminó en fracaso, por efecto de la selección natural descubierta por Darwin. Pero unos pocos de esos procesos de complejización prosperaron, y a lo largo de millones de años de supervivencia de los más aptos para la adaptación, llegaron a tomar la forma de los seres vivos que hoy conocemos, entre los que nos encontramos los humanos. Entonces, junto con los otros seres vivos, somos lo que Dawkins llama “máquinas de supervivencia de los genes”, máquinas construidas mediante sofisticadas asociaciones de células, especializadas para cumplir las diferentes funciones del cuerpo, del soma freudiano.

 

El único fin de los genes es difundirse para perpetuarse en una suerte de inmortalidad, y lo consiguen mediante los cuerpos que han creado, que hacen todo lo que pueden para cumplir con la exigencia genética, tratando de conseguir el mejor partenaire para la procreación. Por ejemplo, los cuerpos desarrollan atractivos plumajes, dicen cosas seductoras, usan adornos y van al gimnasio para estar sanos y bellos. “¡Pero qué me dice usted! –protestará en este punto algún humano-, si aparte de ir al gimnasio y usar adornos, hemos inventado la penicilina, hemos escrito La divina comedia, y hemos desentrañado la gravitación del universo. ¿No nos hace eso diferentes de las bestias?, ¿Acaso no somos la única especie que usa su aparato reproductor para hacer juegos sofisticados?”. Tengo que reconocer que nuestro ciudadano tiene razón, y que probablemente la obra humana tiene alguna meta distinta de la perpetuación de los genes, lo cual me lleva al segundo enfoque anunciado al comienzo.

 

Sin duda que construir el palacio de Versalles y escribir y filmar El gatopardo son actividades creativas difíciles de explicar teniendo en cuenta sólo la selección natural de los genes más aptos. Por eso en este punto tengo que formular mi primera hipótesis: en algún momento del proceso evolutivo surge la autoconsciencia, la consciencia de sí, el sí mismo, y partir de ese punto la “máquina humana” ya no se conforma con la tarea de transportar los genes de una generación a la siguiente. En una mentalidad evolucionista como la de Freud, tuvo que haber la representación de este momento inicial de lo propiamente humano, y de ahí extrajo la noción de pulsión como concepto límite entre lo somático y lo psíquico. Mas precisamente, pulsión sería un término que evoca la unión de un instinto, que en su origen sólo empuja a la perpetuación de los genes, con las nuevas metas que la autoconciencia impone, todas de base narcisista, o sea, de auto conservación y perpetuación del propio Self, del propio sí mismo.

 

Parece obvio que al aparecer la autoconsciencia tuvo que perturbarse el funcionamiento automático del instinto, de un instinto que interpreta la realidad en miras a una supervivencia individual necesaria para la transmisión genética. Porque junto con la representación del sí mismo surgieron nuevas reglas y nuevas metas que reorganizaron el escenario. No es lo mismo cazar un ciervo para comer –y da igual si quien lo caza es un león o un antecesor del hombre-, que pintar una escena de caza en la pared de una cueva. Seguramente el león tiene, como los hombres, algún tipo de representación de la escena de perseguir, matar y devorar al ciervo. Pero algunos de los primeros hombres autoconscientes fueron capaces, además, de representarse  el suceso mediante pinturas rupestres, actividad simbólica completamente innecesaria en el plano de la pura supervivencia genética. Llegados a este punto el paso fundamental estaba dado, y escribir La divina comedia, descubrir la penicilina o teorizar sobre la pulsión sexual, es algo que tenía que llegar en algún momento, por efecto de la complejización creciente de esa organización ya simbólica. Aunque por otra parte, y como es obvio, el antiguo mandato genético de reproducirse, recogido en la Biblia, siga su curso entre los humanos, a través de rituales de cortejo, apareamiento y cuidado de las crías, que difieren de los rituales de los otros seres vivos en su apariencia, aunque no en su estructura básica (S. Pinker, 2002).

 

Estamos ya en un plano en el que la “máquina de supervivencia” se da fines distintos a los impuestos por los genes. Los nuevos fines tienen que ver con la supervivencia del sujeto individual en sí mismo. El primero de esos fines, y tal vez el único, es el de calmar la angustia ante el desamparo y la muerte personal, que emerge precisamente con la autoconsciencia. Los artistas y los filósofos se han percatado de esa angustia mucho antes de la existencia del psicoanálisis. Sería demasiado larga de enumerar la lista de los comportamientos con que los hombres buscan calmarse y restablecer el principio de placer. Una parte de esos comportamientos son actividades productivas rutinarias, como limpiar la casa e ir a la oficina, y actividades creativas, como pintar La Gioconda, escribir La conjura de los necios o dar una conferencia sobre la creatividad. Otra parte de la lista estaría hecha de comportamientos destinados a negar o suprimir la angustia de la existencia. Algunos de ellos, que tenemos como saludables, están asociados al disfrute del pensamiento y los sentidos, mediante el deporte, el cine, la lectura, la música, la buena gastronomía o la sexualidad lúdica. Otros comportamientos, menos saludables, buscan evitar la angustia apagando los sentidos y el pensamiento mediante diversas adicciones, y también mediante dogmas simplificadores del mundo, que funcionan como drogas simbólicas. Como se ve, con la autoconsciencia se abre un ilimitado campo de acciones que, al menos de un modo directo, ya no están destinadas a la difusión de los propios genes, sino a la “realización personal”, como podríamos decir de modo un poco cursi. Y se abre entonces el proceso por el que una cría humana llega a ser capaz de creaciones simbólicas, además de reproducirse. Este camino de la “realización personal”, de búsqueda de la inmortalidad personal, que a veces entorpece la difusión de los propios genes, ha sido, tal vez por eso, el tema principal de la cura psicoanalítica.

 

En un breve y trascendente trabajo titulado La negación (S. Freud, 1925), en el que han apoyado sus teorías tanto Melanie Klein como Jacques Lacan, Freud propone una hipótesis sobre los orígenes del psiquismo, que a mi modo de ver es también una hipótesis sobre el origen de la capacidad creativa humana. Entiende Freud que la organización del aparato psíquico se inicia con juicios que establecen que “algo” es bueno o malo, y de esos juicios se deriva la creación de una serie de categorías. Pero ya esos primeros juicios, esas decisiones del bebé de que “algo” es bueno o malo para él, muy anteriores a la existencia del Yo definitivo, son decisiones creativas. Más precisamente, son interpretaciones creativas. A esas decisiones les sigue el acto de incorporar ese “algo” si es bueno, o de expulsarlo si es malo. Ese acto introyectivo/proyectivo, innumerablemente repetido, engendra un primer procedimiento estable de organización del mundo y del Yo, que es la disociación.

 

En este punto, quiero formular mi segunda hipótesis, y es que el proceso que acabo de sugerir es un proceso interpretativo, que se inicia cuando el antecesor del sí mismo, anterior a toda subjetividad, juzga que “algo” es bueno o malo para sí. Puede sorprender un poco la idea de que “algo” que no es ni Yo, ni sí mismo, ni sujeto, “decida” que “algo” es bueno o malo para sí. Puede sorprender aún más la idea que el ser vivo, y no solo el hombre, interactúa con el mundo mediante la interpretación de signos. Y la idea que un niño recién nacido interpreta, puede sorprender en gran medida si asociamos la interpretación sólo con el lenguaje. Y puede sorprender por un segundo motivo, porque entonces la interpretación sería anterior al Yo, al sentimiento de sí mismo y al Inconsciente. Y es esa precisamente mi tercera hipótesis, la de que el Self, el Yo y el Inconsciente son resultados de un proceso interpretativo[1].

 

Decía que la decisión primitiva de que algo es bueno o malo para mí, el juicio de que algo es bueno o malo, es ya una interpretación. Son interpretaciones hechas con las tripas, o con las hormonas, o con el hipotálamo, o con las fantasías originarias, o con la información almacenada en el genoma (J. Mosterín, 2006). Todo eso puede discutirse. Pero lo que cuenta es que son interpretaciones que sirven para tomar decisiones sobre el mundo. Por ejemplo, la decisión de que algo es bueno o malo para mí, de que está dentro o fuera, y a partir de ahí la decisión sobre si algo existe o si es un producto de mi imaginación.

 

Decía también que el resultado de esa actividad interpretativa primaria es el procedimiento organizativo al que llamamos disociación. No me gusta del todo llamarlo “mecanismo de defensa”, porque en ese momento no hay todavía un Yo organizado a cargo de tal proceso defensivo, y tampoco una organización que pueda ser dañada. Sin embargo, cabe pensar que ese “algo” al que me refería, defiende la posibilidad de que el proceso organizativo continúe, y el incipiente sistema se complejice. A ese antecesor del Yo y del sí mismo que progresivamente se complejiza y organiza, Freud lo llamó “Yo placer” (S. Freud, 1825). Si todo va bien y el proceso sigue adelante, “eso”, “ello”,  llegará a ser un Yo, un “Yo definitivo”, un Yo que tendrá que soportar crecientes magnitudes de ansiedad producida por la complejidad del medio, que aparece ante el bebé envuelto en una ambigüedad que dificulta sus interpretaciones. Por ejemplo, si en un primer momento al bebé le bastaba con relacionar lo bueno con lo interior y lo malo con lo exterior, poco después descubrirá que hay cosas buenas que son exteriores, como el pecho materno, y cosas malas que son interiores, como su dolor de tripa y de oídos. Y más adelante se enfrentará al hecho de que su deseo de ser amado por el padre puede tener consecuencias inquietantes, y que su amor por la madre también. Y que el amor materno no resulta tan libre de ambivalencias como pretendía Freud. Todos estos descubrimientos, si se alcanzan, complican las cosas y complejizan el mundo. En esta nueva situación, la disociación ya no es suficiente, y el niño necesita producir otros procedimientos organizativos que, ahora sí, son también defensivos de una incipiente organización yoica simbólico/afectiva. Esos otros procedimientos, que como decía antes son organizativos y defensivos a la vez, esos procedimientos que se crean a partir de la disociación primaria, y que tienen una creciente complejidad, son la identificación proyectiva, la negación, la inversión de la perspectiva, la represión, la racionalización, , etc.

 

Aunque solo sea de un modo intuitivo, podemos representarnos la idea que a medida que se multiplican los estímulos del mundo, el niño aumenta sus recursos para interpretarlos y dominarlos mediante la creación de nuevas categorías. O al revés, que con el aumento de sus recursos interpretativos, el niño es capaz de dar valor de signos a un mayor número de estímulos, y eso aumenta el número de categorías en las que su experiencia va ordenando el mundo. Cualquiera que sea la forma de expresarlo, lo que ocurre es que se multiplican tanto la actividad interpretativa del niño como los signos a interpretar y es así que, progresivamente, sus interpretaciones dan lugar a encadenamientos de signos cada vez más integrados, interconectados e interdependientes. En pocas palabras, sus interpretaciones dan lugar a la formación de un sistema, al que llamamos psiquismo. Pero, como antes he sugerido, esa progresiva complejización del mundo no sigue un camino continuo, sino que atraviesa crisis que transforman el sistema una y otra vez, al modo de rupturas epistemológicas (Kuhn) o cambios intrasubjetivos de paradigma. Esta es una hipótesis que ya fue expresada por Freud en 1897 en una carta a Fliess, y en 1900 en La interpretación de los sueños, cuando habla de las transcripciones que sufren cada tanto las huellas mnémicas que van llegando al aparato psíquico por la vía de la percepción. Más tarde Freud habla de fases de organización de la libido, que suponen cambios en el centro de gravedad del sistema, y en 1923, en La organización genital infantil, describe el gran cambio que supone la fase fálica y la fantasía de castración.

 

Sin duda, las transformaciones del sistema psíquico, los cambios en las leyes y en la organización del sistema psíquico, aumentan la percepción de la complejidad del mundo. Cada aumento de la complejidad hace emerger nuevos signos, para los que no hay interpretaciones previstas. Se producen entonces dificultades transitorias en la capacidad interpretativa del niño, que él resuelve complejizando su mente. Son cambios que abren paso a la normalidad, si el sujeto consigue acomodarse a ese incremento de la complejidad del sistema. Pero hay un tipo de cambio que introduce en el sistema una ambigüedad insuperable. Un tipo de cambio que aumenta de un modo desmedido la dificultad de la interpretación del mundo, hasta el punto que impide la reorganización edípica. Se trata del traumatismo psíquico (R. Fernández Vilanova, 1995, 1998 a y b), que fue rescatado por Ferenczi (S. Ferenczi, 1932) del arcón de los recuerdos en los años heroicos del psicoanálisis.

 

Ahora bien. Aquellos resultados de la interpretación del niño que guardan coherencia entre sí y admiten ser interconectados, cobran una identidad fuerte, y eso es el Yo. Pero ese proceso de unificación yoica se produce rechazando lo incompatible, y proyectándolo al exterior del sistema. Eso es el Inconsciente. De ahí la afirmación de A. Green de que el inconsciente es un resultado de la génesis del yo. Un ejemplo, en clave freudiana, es el de la instalación del complejo de Edipo. El niño se ve llevado a hacer inconscientes las cargas incestuosas pregenitales para asegurar la integridad narcisista de su Yo. Y mientras el Yo funciona bien, las cargas de objeto pregenitales permanecen fuera de escena, pero pueden reactivarse regresivamente. Este proceso también podría ilustrarse en clave kleiniana, indicando que el establecimiento de la posición depresiva envía a la inconsciencia la relación de objeto parcial propia de la posición esquizoparanoide. Pero sólo la reduce a la inconsciencia. La prueba de que la posición esquizoparanoide no deja de existir es que ambas posiciones se alternan a lo largo de la vida psíquica. Para que exista el Yo, multitud de representaciones parciales, incoherentes e incompatibles han de hacerse inconscientes. O sea que se hace tortilla rompiendo algunos huevos.

 

Creatividad vs. defensa patológica

Aun cuando el Yo coherente consiga formarse, no quedan suprimidos todos los problemas. Ocurre que cuando lo malo para el Yo tiene mal sabor y es desagradable al tacto, es fácil decidir. Pero cuando es algo atractivo pero temible o está prohibido, surgen la ambigüedad y el conflicto, y para superarlos hay dos caminos. Uno de ellos es la creatividad, que amplía los recursos del Yo y lo hace flexible, permitiéndole inventar soluciones que cuadran las cuentas y lo dejan a bien con Dios y con el diablo. El otro camino es la defensa patológica, que empobrece el Yo y lo hace rígido, porque suprime el conflicto entre interpretaciones incompatibles reprimiéndolo, negándolo, proyectándolo e incluso escindiendo el Yo y el objeto.

 

Pondré un ejemplo sobradamente conocido, que he mencionado otras veces. La Elizabeth de Freud (S. Freud, 1895) enferma cuando se le hace consciente su (correcta) interpretación que ahora que su hermana ha muerto, ella puede casarse con su cuñado, algo que estaba entre sus deseos inconscientes de raíz infantil. Por ese motivo, interpreta esa unión como algo incestuoso, y entonces se hace inadmisible a su Yo. Del mismo modo, interpreta inconscientemente como algo incestuoso haber tenido sobre sus piernas durante meses la cabeza de su padre moribundo. La neurosis de Elizabeth consiste en un doble fallo. Por una parte, falla su represión. Como no consigue reprimir las interpretaciones infantiles incestuosas, interpreta inconscientemente como algo sexual los cuidados que da a su padre enfermo, necesitado de cariño y cuidados físicos. Por ese mismo fallo de su represión, tampoco consigue disociar al cuñado, su hermano político prohibido, del hombre viudo con el que se podría casar. Y como consecuencia del fallo represivo, fallan sus recursos creativos, los que le hubieran permitido interpretar los cuidados a su padre como virtudes de una buena hija, y el  matrimonio con su cuñado como algo tal vez bueno para todos.

 

Conflicto (entre interpretaciones) y escisión

Se ve en lo anterior que me aparto un poco de la definición clásica de conflicto, que lo entiende como un choque entre representaciones incompatibles, o entre un representante pulsional y una defensa procedente del Yo. En cambio, prefiero pensarlo como conflicto entre interpretaciones posibles. Y ese conflicto tiene tres formas principales, que coinciden con tres inconscientes diferenciados, y no sólo uno.

 

Por una parte, podemos hacernos la idea que a medida que el psiquismo se complejiza, surgen multitud de interpretaciones incompatibles unas con otras y con la coherencia del Yo, que tienen que ser dominadas de alguna manera. La más sana de esas maneras, precisamente la que no pudo usar Elizabeth con eficacia, es la represión, el más evolucionado de los procedimientos defensivos ante las interpretaciones incompatibles. Aquellas interpretaciones verosímiles de un signo, que son incompatibles con la coherencia del Yo, forman el inconsciente reprimido [2].

 

Junto con esta forma de presencia del inconsciente en la determinación de nuestra vida, hay otra, que procede del traumatismo psíquico. Lo traumático consiste en sucesos, a veces extendidos en el tiempo, cuya ambigüedad produce una angustia irresoluble que desborda los recursos defensivos del sistema. Por la naturaleza del suceso y la magnitud de angustia que provoca, el sistema psíquico no consigue producir una interpretación que pueda reducir la angustia e incorpore el suceso al comercio asociativo. Incapaz de interpretar adecuadamente el suceso e integrarlo, el psiquismo se escinde y lo conserva inalterado y con su interpretación en suspenso en una de sus partes. Se trata del Inconsciente escindido, que paradójicamente es un inconsciente consciente. 

 

Pero además, y desde el nacimiento, el sujeto humano está expuesto a estímulos y experiencias internos y externos que son radicalmente refractarios a la interpretación. Básicamente porque esos estímulos existen en un registro que está fuera del alcance de nuestros recursos interpretativos, por sofisticados que estos fueran. Lo cual no impide que estén presentes en nuestras vidas, como pasa con multitud de procesos del interior de nuestro cuerpo. Entiendo que esta podría ser una buena descripción de un Inconsciente primordial.

 

Si bien se mira, estas tres formas de inconsciencia de una parte de nuestro ser, condicionan y limitan las interpretaciones posibles. Pero a la vez ponen de manifiesto la humana atracción por rebasar los límites. Probablemente, una forma posible de entender la creatividad humana sería relacionarla con la capacidad de formular nuevas reglas, que convierten en interpretables nuevos signos, signos que por un motivo u otro han sido refractarios a la interpretación. En relación con las tres formas de inconsciente que acabo de describir, no sería forzado postular que el psicoanálisis en su modalidad más clásica surge para devolver a la conciencia las interpretaciones reprimidas, propias de la neurosis y la normalidad. Desarrollos ulteriores del psicoanálisis han ampliado el registro de los signos interpretables, y han permitido abordar las interpretaciones en suspenso, en espera, impedidas por la ambigüedad, que constituyen el inconsciente escindido característico de las patologías narcisistas, fronterizas y psicóticas. Para llegar a una interpretación mutativa, transformadora de las interpretaciones reprimidas y las interpretaciones en suspenso, el psicoanalista se vale de la empatía, la intuición y en general de la contratransferencia. Finalmente, las ciencias positivas y las disciplinas de origen filosófico avanzan constantemente sobre el enigmático fondo de nuestro inconsciente primordial. Por todos esos caminos nos esforzamos por recuperar el contacto con esa parte que ha quedado perdida en el proceso evolutivo.

 

No es habitual en psicoanálisis hablar de interpretaciones reprimidas, ni de interpretaciones en suspenso, ni de las interpretaciones con las que el recién nacido va construyendo su mundo, en colaboración con su madre. Pero esto no tendría que ser algo llamativo si estuviéramos habituados a pensar en términos de “interpretación” todas las situaciones en las que el ser vivo recibe información del medio, la procesa y la usa para interactuar con él. La lista de ejemplos podría ser infinita. El girasol interpreta la posición del sol y gira con él. El murciélago interpreta el eco de sonidos que él mismo produce, y usa esa información para orientarse en la obscuridad. El perro de Pavlov interpreta el sonido de la campana como el signo que le indica que va a recibir alimento. El niño pequeño, incapaz de dominar su angustia por sí mismo, interpreta la voz, el olor o el sostén de los brazos de la madre como algo que puede reducir su malestar. Da igual si la interpretación está a cargo de cierta hormona en el girasol, o del oído interno en el murciélago, o de cierta localización en el hipotálamo del bebé. En todos estos casos, nuestros sujetos convierten en signos interpretables los estímulos procedentes del medio, y eso ocurre con todos los seres vivos. Sólo que en los humanos la capacidad de interpretar signos ha crecido a medida que se complejizaba el medio -y viceversa-, y con la aparición de la autoconsciencia ese crecimiento se ha hecho exponencial.

 

Parece incluso que el proceso por el que emerge la representación en general y la representación de sí mismo en el bebé, tiene importantes parecidos con el modo en que apareció la autoconsciencia y la capacidad de representación en los homínidos, hace muchos miles de años. En tal caso, la propuesta de Ernst Haeckel (1866) de que la ontogenia recapitula la filogenia, recogida por Freud y reactualizada en nuestros días por Jesús Mosterín (2002), al menos en este punto tendría razón. Lo que hasta hoy no se había llegado a expresar, y esta es mi cuarta hipótesis, es que la actividad interpretativa que se realiza desde el comienzo de la vida, está en el origen de la autoconsciencia y la capacidad de representación. O dicho de una manera que parafrasea la biblia, primero fue la interpretación.

 

Creatividad y psicopatología

La excitación y el caos de los primeros momentos de la vida, con indiscriminación de afectos y sensaciones, produce displacer, y el niño necesita reducirlo. Lo hace mediante la disociación y los demás procedimientos organizativos y defensivos antes mencionados. De ese proceso surge el Yo y el Sí mismo. Con un pequeño esfuerzo, podemos representarnos que el primer recorte de la realidad producido por la disociación (¿bueno o malo?, ¿dentro o fuera?), se acompaña de la incertidumbre de donde poner cada cosa, y de la necesidad de resolverla. Y también podemos pensar que cierta dosis de incertidumbre y ambigüedad, al modo del espacio transicional de Winnnicott, es necesaria para hacer funcionar el sistema. La suficiente ambigüedad para que la normalidad y la neurosis sean posibles, y no tanta ambigüedad, equívoco y paradoja como la que está en la base de las patologías graves. Pero, en todos los casos, la ambigüedad empuja a hacer interpretaciones y a tomar decisiones. En el caso de la normalidad y la neurosis, muchas de las interpretaciones y decisiones posibles estaban previstas en el medio familiar, y le fueron suministradas al bebé prêt à porter, “listas para llevar”. En el caso de las patologías graves, se ha tratado de interpretaciones y decisiones imposibles de realizar por el bebé o el niño pequeño, y siguieron siendo imposibles hasta que, si hubo suerte, la intervención terapéutica consiguió ayudarle a realizar las interpretaciones pendientes. Finalmente, está el caso de interpretaciones que no están previstas en el medio social, familiar y cultural, ante las que el sujeto cuenta a veces con recursos para producir la interpretación inédita. 

 

En este punto, propongo una quinta y última hipótesis: la creatividad humana funciona en los resquicios de las reglas que organizaron suficientemente el caos inicial, y en ese sitio produce nuevas reglas, que cambian el equilibrio del conjunto. La posibilidad de la creatividad depende entonces de que el sistema produzca o encuentre zonas de incertidumbre y ambigüedad, como la que en su origen lo puso en funcionamiento. Una incertidumbre cuya interpretación no está prevista en el cuerpo de interpretaciones vigentes, o sea, en la creencia vigente. La anécdota clásica de Newton lo ilustra. A lo largo de la historia han estado cayendo manzanas delante de la gente. Pero fue a Newton, según la leyenda, a quien se le ocurrió que ese fenómeno cotidiano expresaba una regularidad que podía plasmarse en una fórmula matemática, con la que se podía explicar el equilibrio del universo. Con ello crea una ley que no existía, que tiene que compatibilizar con lo anterior. Y con frecuencia, lo nuevo tiene que desalojar lo anterior o al menos transformarlo profundamente. Eso ha pasado en la historia de la ciencia y también en cada tratamiento psicoanalítico exitoso. Porque también la persona que acude a nosotros viene para que introduzcamos la novedad que cambie o transforme su sistema de interpretaciones, que ha entrado en crisis. Sin embargo, que la novedad se haga necesaria y que aparezca, no quiere decir que se acepte, ni en los tratamientos que emprendemos, ni en el devenir de las ciencias, ni en la vida cotidiana.

 

Conflicto, disociación y creatividad

La reacción ante lo nuevo, ante lo que el sistema no tiene previsto y lo cuestiona, ante lo que no está incluido en la creencia vigente, suele ser el rechazo. O sea que la novedad, la idea original y creativa, entra en conflicto con lo anterior y tiene que desalojarlo o transformarlo. Ante la novedad que podría surgir en el proceso interpretativo –y no me refiero sólo al que transcurre entre el terapeuta y el paciente, sino también a lo que pasa en la vida cotidiana y en el devenir de la ciencia- se abren las siguientes alternativas, según cuál sea la organización de la personalidad del sujeto.

 

1) El cambio, y la aceptación de lo nuevo, a partir de una hipótesis que no está contemplada en las reglas vigentes y que transforma el sistema. Esta es la solución creativa.

2) El dogma y la adicción. El sujeto rechaza la novedad y la complejidad y se encastilla en la creencia,  que se hace simplificada y adictiva,  y a veces también agresiva. Esta es la solución fanática.

3) El síntoma, que no ignora la nueva interpretación, pero que no puede renunciar a la antigua, y hace un mix con ambas. Como se ve en la Elizabeth de Freud, ambas interpretaciones son del propio sujeto. Esta es la solución neurótica.

4) La disociación. La realidad es disociada porque antes el sujeto tuvo que dividirse para dominar la angustia, ante un proceso o suceso cuya ambigüedad no pudo despejar. Esta es la esencia del trauma psíquico, y esta es la solución borderline.

5) La desorganización. Como el sistema no está organizado y definido, el sujeto no consigue producir una interpretación satisfactoria y calmante, y resuelve la angustia desintegrándose. Esta es la solución esquizofrénica.

6) La certeza delirante. Ante la imposibilidad de llegar a una interpretación satisfactoria y calmante, el sujeto consigue construir una historia bizarra y se abona a ella, evitando la desintegración. Es la solución paranoica.

 

Parece obvio que la creatividad es la buena forma de superar la angustia del conflicto y la disociación, precisamente porque no elude la complejidad. No obstante, como se desprende de lo anterior, la solución creativa está amenazada y constreñida por todas partes, tanto en los tratamientos que realizamos como en la realidad de todos y en la historia de ciencias. El creador es el que formula la solución novedosa, el que propone nuevas interpretaciones que afloran en los intersticios de las reglas que sostienen su sistema psíquico. Para hacerlo, ha de usar su Yo y sus recursos inconscientes, tanto los disponibles en su inconsciente reprimido como los que integran su inconsciente primordial. Un Yo bien organizado es un sistema complejo que se nutre de sus recursos inconscientes y de su memoria emocional, como diría Stanislavsky refiriéndose al repertorio interpretativo del actor.

 

Pero, ¿cómo usa el creador su inconsciente, o más estrictamente, como se interpreta con el inconsciente? Ya dijo Freud que todos, no sólo los psicoanalistas, tenemos en nuestro inconsciente un aparato con el que interpretar el inconsciente de los otros. Es a ese aparato al que nos referimos cuando hablamos de usar la contratransferencia para entender a nuestros pacientes. Una contratransferencia que usa medios empáticos, intuitivos, o adivinatorios (Freud) para formular hipótesis. Si no hubiera esa capacidad empática, Freud no hubiera podido interpretar que Elizabeth estaba enamorada de su cuñado. En el ejercicio clínico, el analista o el psicoterapeuta psicoanalítico usa su inconsciente para crear puentes entre el Yo coherente y los contenidos inconscientes de sus pacientes. En esos casos hay un ejercicio de creatividad, que permite identificar la regla que explica el caso, mediante la formulación de una hipótesis que puede confirmarse o no. Es así como opera la mejor interpretación psicoanalítica. Es la interpretación que Kohut llama intuitiva, que se formula por una vía empática directa. En oposición a ella está la interpretación deductiva, que usan algunos analistas. No está mal, viene a decir Kohut, interpretar sólo por vías lógico deductivas, cuando las premisas son claras. Eso puede funcionar con neuróticos bien organizados. Pero esta modalidad interpretativa no permite desbloquear la interpretación en suspenso, la interpretación que no pudo formular en su momento el paciente psicótico o fronterizo.

Y en cuanto a avanzar en el conocimiento del inconsciente primordial de los humanos, no queda otro camino que esperar que la creatividad vaya produciendo las categorías explicativas de lo inconsciente que no es ni reprimido ni escindido. También aquí resultan insuficientes los procedimientos deductivos e inductivos. Sólo la inferencia abductiva produce nuevos conocimientos, como enseñaba el semiótico Charles Sanders Peirce (Ch. S. Peirce, 1903). O sea, la formulación directa de la interpretación de un fenómeno, basada en la intuición, en el insight, y sólo a posteriori testeada por vías deductivas e inductivas. Si se mira la historia de las creaciones y descubrimientos humanos, incluido el psicoanálisis, encontramos que todos los incrementos de saber se deben a ese procedimiento. Naturalmente, también Peirce ha usado una hipótesis abductiva para descubrir las hipótesis abductivas.

 

Resumen

He tratado en lo anterior de formular alguna idea sobre la génesis de la creatividad. Muy esquematizada, es la siguiente: por algún tipo de facilitación genética, en la especie humana la interpretación primitiva ha conducido a la autoconsciencia. La actividad interpretativa autoconsciente ha desembocado en la formación de un Yo y un inconsciente complementarios. Esa conquista ha complejizado la realidad y ha abierto el camino de la capacidad creativa para desentrañar mediante interpretaciones las leyes del mundo y de la subjetividad propia y ajena.


                                                                Raúl Fernández Vilanova

                                                                Madrid, 8 de octubre de 2008 

 

 

 



[1] “No sólo en los hombres primitivos, sino en organismos aún más sencillos nos es preciso reconocer la existencia de un Yo y un Ello, pues esta diferenciación es la obligada manifestación de la influencia del mundo exterior”. El Yo y el Ello, S. Freud (1923), Ed. B.N. 1948, p. 1203, 1º col. En este párrafo de Freud, con el que estoy en completo acuerdo, sólo falta la precisión de que la mencionada “diferenciación” se cumple mediante un proceso interpretativo.

[2] Por supuesto que hay un infinito numero de interpretaciones inverosímiles por completo, como sería: “La lámpara cayó sobre la cabeza del abuelo porque me lavé los dientes a las 8,15 h”. Una interpretación así sería incompatible con la coherencia del Yo, pero no por eso forma parte del inconsciente reprimido.

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
© www.fernandezvilanova.com