Raúl Fernández Vilanova Psicoanálisis y Psicoterapia www.fernandezvilanova.com
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Temas de actualidad

Artículo sobre las dificultades de la adopción

 

Artículo sobre el aborto

Ensayos de semiótica y psicoanálisis

Cinco hipótesis sobre la organización del psiquismo, la complejidad y la creatividad humana

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Niños en busca de historia: problemas de la adopción.

Las parejas tienen hijos por dos motivos a la vez. El primero es que hay una presión genética que empuja a la reproducción. Nuestra condición humana ha vestido la procreación de colorines, pero por debajo del amor, y del amor a los hijos, está la presión de los genes. El otro motivo es narcisista, y tiene que ver indirectamente con el primero: ser o no ser capaz de tener hijos y herederos, preocupación sobre todo del hombre; disfrutar de la completud del embarazo, anhelo de la mujer, y tener o no tener lo que otros tienen, preocupación de ambos. ¿En qué medida la adopción satisface esas necesidades humanas primarias?

 

Existen estudios y estadísticas sobre las adopciones que fracasan, entendiéndose por fracaso el que los padres adoptivos “devuelvan” al niño adoptado. Uno de esos estudios informa que entre 1.994 y 2.005 se produjo en España la “devolución” del 1,5 % de los niños adoptados que procedían de fuera de sus fronteras, o sea unos 500 niños. Pongo devolución entre comillas, porque esos niños en ningún caso vuelven a sus padres biológicos y país de origen, sino se hacen cargo de ellos determinadas instituciones del estado español.

 

Pero están también, aunque sin estadísticas conocidas, las adopciones que fracasan sin devolución del niño. Y antes de continuar debo decir que éste es un tema tabú, porque es difícil tratarlo sin despertar sentimientos y recuerdos dolorosos en quienes sufren esos fracasos. Me refiero a aquellos casos en que no llega a establecerse una verdadera relación paterno/filial. En lugar de ésta, lo que hay es una paternidad “como si”, y una convivencia tormentosa bajo la forma de conflictos permanentes; o un distanciamiento casi total entre padres e hijo, a veces con el hijo adoptivo en casa, y otras veces en instituciones sanitarias o educativas. De estos casos sólo nos enteramos por los padres que acuden a la consulta del especialista con la esperanza de encontrar soluciones –seguramente un porcentaje muy reducido de los casos problemáticos-, o por la experiencia desgraciada de gente de nuestro entorno. Lamento reconocer que un porcentaje significativo de los casos de adopción que conozco por una u otra de estas vías, corresponden a la categoría de “adopciones fracasadas”.

 

La mayoría de las personas que adoptan niños lo hacen por sus dificultades para engendrar hijos biológicos, y movidos por un fuerte deseo de ser padres. A su vez, la práctica totalidad de los niños que se adoptan, o no hubiesen tenido padres, o no hubiesen llegado a nacer. Parece entonces a primera vista inexplicable que reunir una pareja que no puede tener hijos, con un niño que no puede tener padres, presente dificultades para desembocar en un encuentro feliz.

 

¿Qué es lo que falla entonces? La falla consiste en que el hijo adoptivo no es un hijo pleno, aunque en la intención, la voluntad y el deseo de los padres está que sí lo sea. Tanto si le han contado al niño su condición de adoptado (como se hace actualmente y desde hace muchos años) como si se le oculta, los padres no pueden recrear para él escenas que no han vivido. Para entenderlo imaginemos situaciones corrientes, de las que suceden en cualquier casa delante de los hijos:

 

Una madre de familia recuerda con su madre las dificultades de su primer parto, y ríen al recordar la nerviosidad del que estaba a punto de ser padre.

Un abuelo muestra a su nieto una foto de su madre embarazada, y le cuenta cuanto faltaba para su nacimiento.

Una madre comenta la diferencia en el comportamiento de sus hijos cuando eran bebés, e indica que ya al nacer eran distintos.

Un niño hace llorar a su hermano pequeño diciéndole que es adoptado. La madre riñe al mayor y calma al pequeño contándole cosas de su nacimiento.

Una madre enfadada le dice a su hijo que si sabía cómo iba a ser, no lo paría.

 

Como se comprende fácilmente, esta lista puede ser infinita. Sin embargo ninguna de esas situaciones puede tener como protagonista a un niño adoptado. Con lo que ya apuntamos a una primera dificultad de la adopción: el niño adoptado no cuenta con una trama intrincada y repetitiva de relatos, anécdotas y leyendas familiares entretejidas con coherencia, que aluden a su origen en relación a unos padres concretos. Y esto es así tanto si el niño sabe de su adopción como si no.

 

Esa historia no existe para el niño adoptado, y sus padres no  pueden crearla, porque una historia inventada nunca es tan rica en detalles como la verdadera, y antes o después tropieza con la tiranía de los hechos. Muchas veces el niño adoptivo guarda silencio sobre lo que sabe sin saber y sobre lo que cree sin creer, porque siente inconscientemente que hablar y preguntar sería perder lo que casi siempre es su única historia posible. Porque para el niño, que intuye algo especial en su origen, la alegría y la suerte de tener padres no le libra de la tristeza de no tenerlos. En todo caso, el niño no acepta cualquier versión de su historia, como se ve en el caso de Germán.

 

Conocí a Germán cuando tenía pocos años. Su madre había tratado de explicarle su adopción con una metáfora: ella no lo había llevado en el vientre, porque lo habían recibido de una señora que no pudo criarlo; pero lo había llevado en el corazón desde mucho antes que él naciera. Este relato sobre el origen de Germán se repetía una y otra vez. Durante un tiempo pareció que el niño quedaba conforme con esa versión de su historia. Pero cierto día en que su madre recibió la visita de una amiga que traía con ella a su hijo Lucas, ocurrió la siguiente escena:

 

--Lucas, ¿tu dónde estabas antes de nacer? –preguntó Germán.

--Aquí –respondió Lucas rápidamente, poniendo su mano en el vientre de su madre.

--Y yo aquí –dijo Germán, mientras ponía su mano en el vientre de la suya, y la miraba a los ojos con gesto desafiante. De más está decir que el problema no se hubiera resuelto reafirmando a Germán en esta versión preferida por él.

 

En Blade Runner, la gran película de Ridley Scott, las réplicas humanas fabricadas para los trabajos duros, roban fotos antiguas para construirse una historia. Aunque serían incapaces de contestar a una pregunta tan sencilla para cualquiera como “¿qué sintió su madre el día de su nacimiento?”. La pregunta es sencilla para los hijos biológicos, y no porque tengamos la respuesta, sino porque tras hacer un cruzamiento inconsciente con los datos que sí tenemos, acabamos concluyendo algo, por ejemplo que estaba “contenta y emocionada”, o “triste por la ausencia de mi padre”, o alguna otra cosa. Y si no estamos seguros, la duda se refiere a lo que nuestra madre pudo sentir, y no a si hemos nacido o no de ella.

 

Una dificultad de las madres adoptivas tiene que ver con su temor inconsciente de no conseguir llegar a sentirse madre del niño. Este temor suele incrementarse por la presencia de sentimientos hostiles y de rechazo hacia el niño (que al fin y al cabo “no es nada suyo”). El resultado es un sentimiento de culpa, inconsciente muchas veces,  que inhibe la expresión de la hostilidad y le quita frescura y espontaneidad a la relación. Por eso antes decía que una madre enfadada puede decirle a su hijo que se arrepiente de haberlo parido. Puede hacerlo porque su arrepentimiento, aunque fuera verdadero, no afecta al hecho inalterable de que lo ha parido. Una madre adoptiva no cuenta con ese crédito que dan los hechos consumados, y entonces siente que arrepentirse aunque sea por un momento de la adopción, sería cortar el único lazo que la une a ese niño.

 

Decía al comienzo que había dos motivos principales para tener hijos. Ahora digo que la adopción fracasa muchas veces porque no satisface ninguno de los dos. Es obvio que el hijo adoptivo no es portador y transmisor de los genes de sus padres adoptivos, que es algo que preocupa sobre todo al hombre. Tampoco satisface el hijo adoptivo  la necesidad de completud y continuidad de la madre, ni la aspiración de los padres de verse reflejados en el hijo. Así, la institución de la adopción, que pretende unir en el más íntimo de los vínculos a seres completamente extraños, parecería condenada muchas veces al fracaso, dejando en el vacío la aspiración paternal de los que no pueden tener hijos, y sin hogar a los que no tienen padres.

 

Una alternativa a la adopción

Posiblemente la dificultad de la adopción radica precisamente en eso: que pretende satisfacer la “aspiración paternal” de quienes no pueden tener hijos. ¿Y si la solución pasara por renunciar a ese imposible? Tal vez esa renuncia permitiría que los niños sin padres puedan tener un hogar (lamentablemente no unos padres) al amparo de una pareja adulta con la que intercambiar un amor verdadero.

 

En los años que viví en la ciudad de Catamarca, en el noroeste argentino, tomé conocimiento de una “institución” (creo que nadie pensaba en ella en términos tan pomposos) que consistía en lo siguiente: una familia con suficientes recursos, generalmente con varios hijos, acogía un niño o bebé abandonado, lo criaba y le daba estudios como a sus propios hijos. Pero el acogido no era un hijo, sino un criado. La palabra criado no tenía connotaciones despectivas ni de servidumbre. Quería decir lo que decía: que el sujeto era criado por tal familia. Supe entonces de varios casos, y conocí de primera mano uno de ellos. Don José Gómez y su esposa tenían siete hijos y un criado, al que llamaremos Miguel. Miguel era “hijo natural” (como entonces se decía) de una sirvienta de la casa y de un hombre desconocido. La madre de Miguel murió en el parto, y Don José y su esposa decidieron criar a Miguel. Lo hacían mediante las chicas de servicio, aunque Miguel disfrutaba de un trato similar al de los hijos y, como ellos, llegó a cursar estudios universitarios completos. Desde que supo hablar, Miguel se dirigió a sus benefactores como Don José y Doña Rosa, y mantuvo siempre hacia ellos respeto, amor y agradecimiento. A su vez, don José solía decir, un poco en broma y un poco en serio, que Miguel era el mejor de sus hijos.

 

Seguramente aquella institución del criado se correspondía con una realidad temporal, geográfica y social distinta de la que hoy tenemos en España. Pero permite repensar críticamente la institución de la adopción tal cual la conocemos hoy. Solo remarcaré que en aquél caso de mi ejemplo, no existían las “aspiraciones paternales” que son, tal vez, el ingrediente principal de las adopciones fracasadas.

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