Raúl Fernández Vilanova Psicoanálisis y Psicoterapia www.fernandezvilanova.com
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Cinco hipótesis sobre la organización del psiquismo, la complejidad y la creatividad humana

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Violencia de género

Violencia de género

Las sociedades industriales avanzadas han transformado profundamente las relaciones entre hombres y mujeres. Las máquinas pueden ser manejadas por ambos, en la fábrica y en casa, con lo que desaparece el principal obstáculo para la integración de la mujer en el mercado laboral.  Junto con ello, la mayor fuerza física del hombre pierde importancia, y el hombre mismo pierde visibilidad y prestigio social a favor de la mujer.

Es un fenómeno nuevo (no más de sesenta o setenta años) que ha cambiado la sociedad, el funcionamiento  de las familias (cuando no también su estructura), y las relaciones entre los sexos. Ya no se sobreentiende que ser “jefe o cabeza de familia” o “traer dinero a casa” se refieren al hombre. Hombres y mujeres pueden desempeñar esas funciones, así como llevar pendientes, depilarse y tomar iniciativas sexuales.

Los dos sexos han acusado fuertemente el cambio. Por una parte, las mujeres han revalorizado su condición femenina y maternal -ya nadie piensa en ellas como un útero procreador-, y han obtenido una creciente independencia material (de la dependencia afectiva no pueden librarse ni hombres ni mujeres).  Los hombres, a su vez, han perdido seguridad respecto de su identidad masculina al diluirse el prestigio de la fuerza física y su posición dominante respecto de la mujer, procedente en parte de la primera. Junto con ello, en muchos hombres ha quedado cuestionado e inhibido el sentimiento posesivo necesario para la cópula genital. Esto ocurre sobre todo en las clases sociales que históricamente han estado ligadas al trabajo físico, pero también en el resto de la sociedad.

La inseguridad del hombre sobre su virilidad es algo que ha existido siempre. Muchas hazañas físicas se realizan para demostrarla. Pero esa inseguridad se ha agravado en los últimos años por el cuestionamiento de las “marcas” que hombres y mujeres han tenido disponibles para representar  la diferencia anatómica, genética, simbólica y psicológica de los sexos. Tales  “marcas” muchas veces han tomado la forma de tópicos que acentúan la diferencia entre el hombre y la mujer. Esos tópicos recogen aspectos y verdades parciales de las características de cada sexo, y muestran su diferencia con caricaturas como las siguientes:

Las niñas son tontas – los niños son brutos

A las niñas les gustan las muñecas – a los niños les gustan las pistolas

Las mujeres no entienden los mapas  –  los hombres no escuchan

Las mujeres pueden hacer muchas cosas a la vez – los hombres no pueden masticar chicle mientras suben la escalera.

Las mujeres son histéricas – los hombres son obsesivos

Las mujeres son románticas – los hombres solo piensan en eso

Las mujeres son sensibles – los hombres son insensibles o duros

Las mujeres lloran – los hombres no lloran

Cualquiera de nosotros podría ampliar mucho esta lista de tópicos. Pero los tópicos son en este caso formas esquemáticas y socializadas de representar  diferencias. Seguramente porque hay una necesidad psicológica universal de definir el lugar propio y el ajeno mediante  “marcas” diferenciadoras. En este caso, me parece, los tópicos desplazan la indudable diferencia genética, anatómica y psicológica de los sexos, hacia representaciones simplificadas.

Pero hay un cuestionamiento de esas “marcas” que viene de un ingenuo ideal igualitario, que apoyándose en la ola de los cambios económicos y sociales, acaba poniendo el carro delante de los bueyes: la violencia homicida de los hombres existiría porque son machistas, es decir, porque se sienten distintos y superiores.  Y que por lo tanto los varones tienen que ser educados en la idea de que no hay diferencias entre hombres y mujeres. Nada más erróneo. Es justo lo contrario. La violencia posesiva de los hombres se hace mayor a medida que su autovaloración disminuye. Y esto sobre todo en las clases sociales más ligadas al prestigio de la fuerza física.

Los ingenuos ideales igualitarios que antes mencionaba, y que no deben confundirse con la imprescindible igualdad de derechos y deberes de hombres y mujeres, cuestionan esas “marcas” de la diferencia con diversos argumentos:

--son machistas

--son sexistas

--son burguesas

--proceden de la educación

Esa ideología pseudo igualitaria se desentiende de  las determinaciones que vienen del trasfondo genético y anatómico y trata de rediseñar la realidad.  A veces cuestionando la diferencia de los sexos en los usos del lenguaje. Y entonces se proponen enunciados como “miembros y miembras de esta institución”. Si ese fuera el camino de la solución, ¿por qué no distinguir también entre centinela y centinelo, o vigía y vigío, o guardia y guardio?

Las “marcas” de la diferencia también se anulan cuando se generalizan a los dos sexos acontecimientos que sólo puede experimentar  uno de ellos. Es así que el hombre de una pareja puede contarle al amigo:

--Estamos embarazados.

Otras veces el rediseño de la realidad se impone desde el poder político, y a lo supuestamente igualitario se le suma la discriminación positiva de la mujer:

--En el derecho a la custodia de los hijos.

--En la supresión de la prioridad del apellido paterno, de modo que junto con los signos biológicos tangibles de la maternidad, la madre recibe también los signos simbólicos de la paternidad, en detrimento del padre.

Una de las consecuencias del auge de las ideologías pseudo igualitarias es que las necesarias formas  simbólicas de representar la diferencia de los sexos se estigmatizan y son desactivadas. Y ocurre con frecuencia que lo que no se puede representar se actúa. Y muchas veces con violencia homicida.

Si consiguiéramos alejarnos de las tentaciones moralizantes, podría ser tema para un estudio la hipótesis de que en las actuales circunstancias de las sociedades industriales avanzadas, las “marcas” de la diferencia sexual pueden ser necesarias para que una cierta parte de los hombres consiga mantener su identidad sexual masculina. Y que privados de esas “marcas” tales hombres encuentren en “la maté porque era mía” un último recurso con el que sobreponerse a la disipación de su virilidad.  

 

 

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